"Imagínese la combinación de la relevancia de Bob Dylan, la controversia de John Lennon, la poesía de Leonard Cohen y la popularidad de Elvis Presley y usted entenderá el impacto de Vysotsky en el espíritu ruso", dice una descripción anónima, ampliamente difundida en Internet
El 25 de julio de 1980, Vladimir Vysotsky murió por segunda vez; aparentemente esta sería la definitiva.
Exactamente un año antes (25/07/79) fue declarado muerto, y se firmó su certificado de defunción en una fría sala de emergencias de Bukhara, Uzbekistán; muy lejos de los fanáticos seguidores rusos, que formaban su más grande auditorio. Su corazón había fallado, cansado ya de tantos excesos; incapaz de seguir el tren de los esfuerzos y la desesperación del artista.
Pero "El Bardo", ídolo de masas, contestatario consuetudinario, actor, director, cantante y poeta de sensibilidad popular, una vez más hizo gala de su notable rebeldía y revivió.
A pesar de que su salud, deteriorada por las drogas y el alcohol, vaticinaba un inminente final, logró sobrevivir un año más. Justo, para que más de un millón de personas, desafiando las prohibiciones del Soviet y la KGB, abandonaran los estadios olímpicos de Moscú 80, y le presentaran un último homenaje.
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"Tuvimos que vivir varias vidas para experimentar todos los personajes descritos en sus canciones", dice el director de cine Stanislav Govoruhin. Cada canción era un hecho de la vida; las prostitutas, los rufianes, los marineros, los borrachos, los alpinistas, los soldados, todos eran retratados por el canta autor, y todos se sentían identificados por sus letras. Acompañado por su guitarra, su voz arenosa desgranaba el dolor y las privaciones del pueblo ruso.
Oscilando en la cornisa del abismo, como sus Caballos Obstinados, alternó su carrera de actor/director, con la de cantante. Con más de 30 films realizados, su desafiante popularidad le permitió traspasar los límites de lo permitido. A pesar de ser juzgada como antisoviética por el Komintern, la poesía de sus canciones no fue expresamente prohibida, sino solamente no difundida.
El director Taylor Hackford, en su película White Nights, utiliza su música como estandarte de la disconformidad del pueblo soviético; porque el "bardo" (así lo llamaban sus seguidores) es lo no oficial, lo clandestino, lo rebelde, la anarquía, lo que está en los límites de lo prohibido; aquel que se desgarra en cada acorde, por sus ansias de libertad.
En un país donde la libertad de expresión era castigada con Gulags, y donde los ciudadanos eran espiados en su vida doméstica, su voz se alzaba como un grito. Lo que los soviéticos sentían y decían en susurros, él lo proclamaba en su obra, que incluye más de 700 canciones. Dicen las personas más humildes que fue: “la imagen viva de Rusia”
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En los 70´ la música de Vysotsky no era aprobada por el Soviet, de modo que no conseguía contratos en Melodiya, la empresa estatal responsable de toda la industria discográfica soviética. Por lo que su obra se distribuía en forma ilegal.
Los ciudadanos de la entonces URSS, pagaban más de un salario completo por sus cintas, en el mercado negro. Para el final de la década, todo mundo lo escuchaba, ya casi sin temores: "Uno no podía salir a la calle sin escuchar su voz saliendo de todas las ventanas", dirá Marina Vlady, su última esposa.
El día de su segunda muerte, el 25 de julio de 1980, las autoridades ocultaron el hecho; pero se difundió de boca en boca. Los estadios olímpicos de Moscú fueron abandonados masivamente y nadie devolvió las entradas: todos las guardaron como una reliquia. La cola de gente, frente al Teatro de Taganka, para despedir a quien se mantuvo libre, en un país no libre, se extendía a más de 10 kilómetros; y poco importó, en ese momento, que el ejército la custodiara. Más de un millón de personas se mantuvieron fieles a quien, con su obra, les fue fiel.
Vladimir Vysotsky hoy sigue vivo en el alma del pueblo ruso, así lo atestiguan las casi dos millones de entradas en castellano y ruso, que remiten a él en Internet y que son visitadas diariamente; lo mismo que el Museo que exalta su memoria. El gran “Bardo” ruso sigue vivo, porque se robó la muerte.
Caballos caprichosos - Vladimir Vytsosky
Sobre un acantilado escarpado, en el borde mismo encima del abismo infinito
sigo azotando mis caballos con mi fusta apretada en un espasmo.
Pero el aire se pone más delgado, jadeo, me ahogo, grito
puedo sentir con horrible maravilla, que estoy desvaneciéndome, muriendo.
¡Reduzcan su marcha, mis caballos! ¡Reduzcan su marcha, les digo!
¡No escuchan mi azote agudo!
Pero los caballos que me dieron, caprichosos e implacables,
no pueden completar la vida que vivo, no pueden concluir el verso que canto.
Me pararé para un parpadeo, dejaré a los caballos beber,
durante un breve segundo más estaré de pie sobre el borde...
Falleceré, como una pluma que el huracán ha tragado.
En un carro ellos me tirarán por la nieve en galope ciego.
Todo lo que les pido mis caballos es que reduzcan su marcha, solo un momento,
para prolongar los segundos finales en los que me acerco a mi último destino.
Lo hemos hecho.
justo a tiempo Dios nos ha abandonado con pocas opciones,
¿por que los ángeles cantan con tanta furia?
¿o es que la campana del caballo suena en un frenesí mojado con lágrimas?
¿o soy yo el que que grita a mis caballos para cambiar engranajes?
¡Reduzcan su marcha, mis caballos! ¡Reduzcan su marcha, les digo!
¿Acaso no escuchan mi azote picante?
Pero los caballos que me dieron, caprichosos e implacables,
no pueden completar la vida que vivo.
Caballos, al menos déjenme terminar de cantar.
Sobre un acantilado escarpado, en el borde mismo encima del abismo infinito
sigo azotando mis caballos con mi fusta apretada en un espasmo.
Pero el aire se pone más delgado, jadeo, me ahogo, grito
puedo sentir con horrible maravilla, que estoy desvaneciéndome, muriendo.
¡Reduzcan su marcha, mis caballos! ¡Reduzcan su marcha, les digo!
¡No escuchan mi azote agudo!
Pero los caballos que me dieron, caprichosos e implacables,
no pueden completar la vida que vivo, no pueden concluir el verso que canto.
Me pararé para un parpadeo, dejaré a los caballos beber,
durante un breve segundo más estaré de pie sobre el borde...
Falleceré, como una pluma que el huracán ha tragado.
En un carro ellos me tirarán por la nieve en galope ciego.
Todo lo que les pido mis caballos es que reduzcan su marcha, solo un momento,
para prolongar los segundos finales en los que me acerco a mi último destino.
Lo hemos hecho.
justo a tiempo Dios nos ha abandonado con pocas opciones,
¿por que los ángeles cantan con tanta furia?
¿o es que la campana del caballo suena en un frenesí mojado con lágrimas?
¿o soy yo el que que grita a mis caballos para cambiar engranajes?
¡Reduzcan su marcha, mis caballos! ¡Reduzcan su marcha, les digo!
¿Acaso no escuchan mi azote picante?
Pero los caballos que me dieron, caprichosos e implacables,
no pueden completar la vida que vivo.
Caballos, al menos déjenme terminar de cantar.



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