“¿Cuantos
años puede la gente existir, antes de que les sea permitida la
libertad? ¿Cuántas veces un hombre puede voltear la cabeza,
pretendiendo que él no ve?”, cantaba Bob Dylan, allá por 1963.
EEUU recién comenzaba con su intervención armada en Vietnam, y el
movimiento pacifista, que hizo suya la causa de los Pueblos
Originarios de Norteamérica, daba sus primeros pasos. “Soplando en
el viento”, fue un himno que abrió los ojos a toda una generación
sobre la necesidad de participar activamente ante las injusticias
sociales.
Han pasado 55 años y las estrofas siguen vigentes, porque insistimos en perpetuar nuestra absurdidad como sociedad.
Ayer un niño Qom, Ismael Ramírez de 13 años, murió con una bala en el pecho. Una muerte de originario más y van… Esta vez fue una bala y sólo es noticia, porque sirve a los intereses de los medios y a los propagadores del odio de clase; como lo fue en su momento la muerte de Rafael Nahuel, o como también sirvió la muerte por desnutrición de Néstor Femenía, en 2015. A eso los hemos reducido, a muertes útiles del sistema.
Mientras tanto, en todo este tiempo cerramos los oídos y volteamos la cabeza a la realidad de nuestros hermanos originarios. Qom, Pilagá, Wichís, Nivaclé, Coya, Mapuche, todos comparten idéntico horizonte de pobreza estructural, luchas pacíficas por el territorio ancestral, falta de adecuada alimentación y de servicios sanitarios, persecución sistemática por parte del aparato represivo del estado. Decenas de muertos en cortes de ruta, centenares de heridos y sin embargo invisibilizados la mayoría del tiempo.
No existe, ni ha existido, una voluntad política firme para solucionar el problema de la vulneración de derechos de los pueblos originarios que habitan el país; las dilaciones en el cumplimiento pleno de la ley 26160/06 y la represión permanente a la que son sometidos, es clara prueba de ello. Un nutrido número de jueces se ha encargado de adjudicarles tierras de originarios a empresas extraccionistas, mineras, sojeras, o a simples latifundistas extranjeros, ávidos de recursos naturales que explotar. Para los verdaderos dueños de la tierra y para su causa no hay medios masivos de comunicación presentes.
El hilo se corta por lo más delgado, y ellos representan lo más pobre de la pobreza, lo más despreciado. Han sido los “sin alma”, los “salvajes” de la Evangelización; los “piojosos”, “los bárbaros” y “los vagos a quienes hay que exterminar” de Sarmiento; los “carentes de civilización”, “los sucios” y “los apestosos” del imaginario colectivo de la clase media argentina bajada de los barcos, reflejado en los libros de textos de las décadas del 60´y 70´ y en las historietas de esa época. Cinco siglos de mala prensa no se borran.
Si la canción sigue vigente es porque seguimos eligiendo no ver, porque preferimos compartir videos tiernos de mascotas y no la de los justos reclamos; porque justificamos la muerte de un pibe; porque no condenamos socialmente a una política que se ríe de la pobreza; y porque jamás una cacerola sonará para pedir otra cosa que no sea “dinero”.
Han pasado 55 años y las estrofas siguen vigentes, porque insistimos en perpetuar nuestra absurdidad como sociedad.
Ayer un niño Qom, Ismael Ramírez de 13 años, murió con una bala en el pecho. Una muerte de originario más y van… Esta vez fue una bala y sólo es noticia, porque sirve a los intereses de los medios y a los propagadores del odio de clase; como lo fue en su momento la muerte de Rafael Nahuel, o como también sirvió la muerte por desnutrición de Néstor Femenía, en 2015. A eso los hemos reducido, a muertes útiles del sistema.
Mientras tanto, en todo este tiempo cerramos los oídos y volteamos la cabeza a la realidad de nuestros hermanos originarios. Qom, Pilagá, Wichís, Nivaclé, Coya, Mapuche, todos comparten idéntico horizonte de pobreza estructural, luchas pacíficas por el territorio ancestral, falta de adecuada alimentación y de servicios sanitarios, persecución sistemática por parte del aparato represivo del estado. Decenas de muertos en cortes de ruta, centenares de heridos y sin embargo invisibilizados la mayoría del tiempo.
No existe, ni ha existido, una voluntad política firme para solucionar el problema de la vulneración de derechos de los pueblos originarios que habitan el país; las dilaciones en el cumplimiento pleno de la ley 26160/06 y la represión permanente a la que son sometidos, es clara prueba de ello. Un nutrido número de jueces se ha encargado de adjudicarles tierras de originarios a empresas extraccionistas, mineras, sojeras, o a simples latifundistas extranjeros, ávidos de recursos naturales que explotar. Para los verdaderos dueños de la tierra y para su causa no hay medios masivos de comunicación presentes.
El hilo se corta por lo más delgado, y ellos representan lo más pobre de la pobreza, lo más despreciado. Han sido los “sin alma”, los “salvajes” de la Evangelización; los “piojosos”, “los bárbaros” y “los vagos a quienes hay que exterminar” de Sarmiento; los “carentes de civilización”, “los sucios” y “los apestosos” del imaginario colectivo de la clase media argentina bajada de los barcos, reflejado en los libros de textos de las décadas del 60´y 70´ y en las historietas de esa época. Cinco siglos de mala prensa no se borran.
Si la canción sigue vigente es porque seguimos eligiendo no ver, porque preferimos compartir videos tiernos de mascotas y no la de los justos reclamos; porque justificamos la muerte de un pibe; porque no condenamos socialmente a una política que se ríe de la pobreza; y porque jamás una cacerola sonará para pedir otra cosa que no sea “dinero”.
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