Un 29 de abril, Alejandra la poetisa, nacía en Avellaneda. Era hija de inmigrantes, por lo que su español siempre tuvo un marcado acento. Tal vez por esto y por su natural introspección buscó desesperadamente los límites del lenguaje. En su pluma el idioma registra una entonación singular. Con cada palabra indagó, registró y experimentó sobre los temas que atravesaron toda su existencia: la angustia, la extrañeza de ser en el mundo, lo poco adecuado del lenguaje para expresar el mundo y lo poco adecuado que es el mundo para satisfacer nuestros deseos.
"Alejandra no vino a ubicarse dentro de la poesía argentina sino a desubicarla, y no sólo a la poesía argentina, sino también a la poesía contemporánea" dice Ivone Bordelois, biógrafa de la autora. Sus méritos de poetisa fueron apreciados en su estancia en París, por Julio Cortázar, Octavio Paz y Rosa Chacel, con quienes entabló amistad. Su talento profano y su forma de escribir desde los huesos, se abrieron camino para posicionarla entre los grandes de la lengua castellana.
Sin embargo su obra nos sabe a poco, quizás porque ella nos dejó a los 36 años: La Tierra más ajena, La Última Inocencia, Las Aventuras Perdidas, Árbol de Diana, Los Trabajos y las Noches, Extracción de la Piedra de la Locura, Nombres y Figuras, El Infierno Musical, La Condesa Sangrienta, Los Pequeños Cantos, El Deseo de la Palabra, Textos de sombra y Últimos Poemas.
La placa con su nombre en la Plaza Alsina, hoy me hizo recordarla y recordar uno de sus poemas; bah, una parte de èl.
"Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón.
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos".
Una buena propuesta para conectarse con su poesía, y dimensionar la importancia de ésta en las letras argentinas, son estos capítulos de Memoria Iluminada, del Canal Encuentro:

No hay comentarios:
Publicar un comentario