En Avellaneda pasan cosas emocionantes, casi siempre. Aquí, la crónica de un hecho pasado que es una muestra de ello:
MARÍA LA DEL BARRIO
Por primera vez un grupo de vecinos impugnó las elecciones de la Sociedad de Fomento del Barrio Agüero, en la Ciudad de Avellaneda. Casi cincuenta personas dijeron basta a la conducción existente y sus manejos. Una mujer sola aportó el empuje necesario.
Ubicada en el centro del barrio, la Sociedad de Fomento Agüero ocupa una manzana de las chicas, esas que los funcionarios diseñan para los pobres. Domo sobre la cancha de fútbol 5, centro de jubilados de 3 por 3, jardín maternal, sala de primeros auxilios cerrada a partir de las 12 horas, un parque de juegos alambrado y un salón multipropósito vacío casi todo el tiempo.
Ese domingo, 30 de setiembre del 2013, eran más de cincuenta personas a los gritos pelados y un veedor que vino a fiscalizar. María se despachó a gusto hasta que se quedó sin voz. De a poco fueron haciendo postas los vecinos, cada uno expresó su queja; al principio las voces casi ni se oían pero con cada nuevo testimonio el siguiente orador subía el tono. Del otro lado eran pocos, no tenían mucho para decir, estaban ahí porque los habían votado y hacían las cosas lo mejor posible. Si en el Jardín Maternal de la Sociedad estaban las hijas de Oro, era porque eran buenas maestras, aunque todavía no tuvieran un título. Si las viandas sobraban, no tenía nada de malo que se las llevaran a su casa. Oro dijo que no hace falta seguir viviendo en el barrio para ser Presidente de la Sociedad de Fomento, porque él no cambió el domicilio en el documento. “Piru” Gómez, el segundo de Oro, preguntó por qué no había denuncias policiales si él había amenazado con un arma a los vecinos. Al final se impugnó la elección y le pusieron nueva fecha para dentro de tres meses.
-Cuando me quedé sin voz, tuve miedo que la cosa terminara ahí. Pero por suerte todos se portaron- recordará María más tarde en su casa.
Esta mujer consiguió convencer a sus vecinos de que la Sociedad de Fomento es de todos y está ahí para solucionar los problemas del barrio. Todos recordaban las épocas en que ese espacio servía para gestionar el progreso de la comunidad. Pero eso fue hace tiempo largo, antes de que el miedo les pegara fuerte. Todos lo tenían, menos María.
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Encontrarse con María no es tan sencillo, primero hay que encontrar el barrio. Porque está como escondido debajo de la alfombra que forman los Siete Puentes, el Barrio Agüero nacido en 1951, es casi invisible a los ojos de los habitantes de Avellaneda. Permanece casi tan marginal como en sus comienzos, cuando se levantaron las primeras chapas a la vera de las vías del ferrocarril Roca, a pesar de los planes de vivienda que hicieron las “casitas”. A doscientos metros del Alto Avellaneda Shopping y recostado sobre la fábrica de colchones Simmons.
Los problemas en este barrio son una constante: la droga, la delincuencia, las barritas de pibes que no trabajan y que sólo de puro aburridos, inventan nuevos dolores de cabeza para las madres del lugar. Incluso la gente que vive en los vagones abandonados y que por su proximidad ingresa permanentemente en busca de comida asistencial.
Este barrio con 200 viviendas, una calle asfaltada y cinco de tierra apisonada, parece gritar que el tiempo aquí se detuvo. Ni una sola de sus paredes ostenta el familiar color verde gestión Ferraresi, a pesar de que en algunas esquinas se ríen las bolsas cargadas de basura. Sólo uno de cada cuatro focos alumbra las veredas por las noches, como si algunas casas tuvieran que ser señaladas. Los coches caros que entran de afuera lo hacen despacito, levantando polvo.
-Éstas en el catastro figuran también asfaltadas- dice María y señala las calles que atraviesan la principal. Tierra y algo de ripio. Un manchón de brea delata la iniciativa de algún vecino que se quedó corto.
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María tiene 66 años y el caminar ondulante e impreciso que otorga una cadera con problemas. Todavía tiene el pelo oscuro y las manos recias. Tuvo cinco hijos; dos murieron y de los otros no habla porque están bien. Durante 32 años trabajó en una fábrica a tres cuadras del barrio para parar la olla y que a los chicos no les faltara nada. Dice que la vida del barrio la rozaba nada más, "buen día, buenas tardes". No tenía tiempo para sociales aunque los conocía a todos. Los chicos le traían a los amigos, pero ella no iba a la casa de nadie.
En el piso y en las paredes de la entrada, cerámica de baño. A la izquierda la escalera que lleva al “centro de niños”, a la derecha la puerta de entrada que permanece abierta hasta las diez de la noche.
Dentro de la casa conviven paredes sin revocar pintadas de blanco, muebles de cedro y de pino, cortinas en lugar de puertas, cuatro sofás de cuero prolijamente enfundados, electrodomésticos de última generación y fotos, muchas fotos. Murales con poemas al pie para Michael y "Yunior", fotos de tamaño normal para los vivos y guirnaldas de flores sobre los santos.
Ella cuenta en forma pormenorizada la enfermedad y muerte de "Yunior", con palabras fuertes, sin edulcorantes, sin eufemismos, pero como si fuera una letanía repetida una y otra vez, como quien se ha acostumbrado a abrir una herida infectada.
En cambio el relato de la muerte de Michael llega con un largo prólogo sobre sus capacidades, sus valores. Como queriendo disimular una verdad, tal vez porque no sabe si fue un accidente o un suicidio, la causa quedó caratulada como muerte dudosa. Dirá que después de eso se jubiló y no le importó nada más. Sin embargo, siguió concurriendo de voluntaria al Hospital Perón, a pesar de que su experiencia con hospitales no es buena. En el Fiorito, el otro hospital de Avellaneda, fue donde dice que quisieron robarle los órganos a Michael cuando llegó con muerte cerebral.
Un día, hace casi un año, llegó a la casa y se encontró con un nene de cinco años en la puerta que le pidió algo para comer. Estaba segura que era de los vagones, el comedor de la Sociedad de Fomento no había entregado vianda ese día. Cuenta que le sacó un sánguche y un vaso de jugo. Al día siguiente eran dos, esta vez algo habían recibido, pero las porciones eran cada vez más chicas. Por suerte había comprado leche, entonces los hizo pasar. No dejaron de venir.
-No le guardo rencor a la vida. Ahora por acá siempre hay gente entrando y saliendo. Dios está conmigo y con vos, con ellos, aunque a veces…- y no termina la frase. Alguien la precisa en la cocina.
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Silvia se apura, está haciendo arroz con leche. Cuando se le pregunta por los casi 50 chiquitos que están por llegar, su rostro se ensombrece aún más. Está enojada con esas madres que no los cuidan porque ella ha criado sin padre a una hija que hoy tiene 22 años. La crió de espaldas a la vida del barrio, de la casa al colegio, del colegio a su casa. Dice que éste no es un buen lugar para hacer amistades. No para su hija. Hace 12 años que es Manzanera y, como muchas madres no pasan a retirar la leche por su casa, ella la trae. Se acercó al centro porque vio el desfile de chicos cada vez extenso y “las criaturitas le dan pena”. Las actuales autoridades de la Sociedad de Fomento le provocan mucha rabia porque siempre supieron que con la plata que la Municipalidad les "bajaba" podían solucionar muchos de los problemas del barrio. Hace dos años trataron de presentar una lista con otros vecinos, pero el “Piru” Gómez los amenazó y todo quedó en proyecto. Ella acompañó a María a La Plata a realizar los trámites que les permitieran impugnar las últimas elecciones. Espera los nuevos padrones para asegurarse que no están los nombres de los hijos fallecidos de María hace 10 y 4 años.
-Eso a una madre no se le hace, ¡los hijos de puta deberían por lo menos respetar eso!
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María recurrió a Romina, la maestra. Tenían que hacer algo pronto, ya eran ocho los chiquitos que tomaban la merienda en su casa y ella sabía que había más. La docente le propuso contactarla con el referente de una agrupación política y aunque se mostró algo reticente, accedió a encontrarlo en el centro de Avellaneda
-Todos los políticos son iguales, te usan. Pero éstos son pibes, todos pichones. Buena sangre-, dice con orgullo como si fueran suyos.
Al principio eran pocos, pero se fueron sumando varios vecinos a las reuniones. Los chicos de la Agrupación Descamisados aportaron asesoramiento y viandas. Dice que no se acuerda cuántas veces habrá ido a hacer trámites, pero era algo que tenía que hacer porque la Sociedad de Fomento está ahí para todos, no para beneficio de unos pocos. Desde ahí deben gestionarse las mejoras que el barrio necesita. Es la Comisión la que debe demandar al intendente la asistencia debida.
Hace cinco meses una vecina le trajo una carta donde estaba el extracto bancario de la Sociedad de Fomento; aunque no queda claro como la obtuvo. Ahí decía en números lo que los hechos le gritaban: que votaban hasta los muertos (sus hijos por ejemplo) porque había mucha plata de por medio. La gente que se acercaba hasta su casa le decía que mejor no se metiera, que Oro y “Piru” Gómez ya los habían amenazado, que era todo una mafia y que ya tenían el poder; contra eso una mujer sola no podía hacer nada. Igual se fue a La Plata, a confirmar que en los padrones de la Sociedad de Fomento figuraban Michael y Yunior. Dice que sintió mucha bronca, pero que valió la pena porque consiguieron la presencia de un veedor de la Inspección General de Justicia de la Provincia de Buenos Aires para el día de la elección.
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Arriba en un saloncito con pisos de porcellanato y cables corrugados colgando del techo hay muchos trofeos deportivos que fueron subidos a un mueble para que los niños no jueguen con ellos. Dos grandes ventanales enrejados y a un costado la habitación de "Yunior"; media gaseosa cola cerrada hace diez años y venerada sobre la mesa de luz desde entonces.
Facundo, Lucio, Romina, Fabián, Alina, Ana, Agustín y Agustina llegan a la tarde para servir la leche, armar las mesas, preparar las viandas. La militancia los lleva a dar una mano, a comprometerse en la vida del otro. Varias madres del barrio se les suman y junto con María, Silvia y Eduardo, uno de los pocos papás comprometido con el proyecto, porque los hijos son cosas de mujeres, organizan la actividad del día.
Después de la merienda el juego, las clases de apoyo escolar o el aprendizaje de un instrumento musical. Algunos de los nenes pelean por un lugar al lado de “seño”; otros, los más chiquitos, no permiten que los demás toquen los cuadernos y los lápices, etiquetados con los nombres bellamente escritos. Quizás porque son lo único verdaderamente suyo que han tenido.
Por las tardes todo es bullicio, actividad, risa: las peleas de los nenes en las que hay que mediar porque tienen mucha bronca encima y las manos flojas; los proyectos de los mayores para cuando ganen las elecciones y puedan usar los fondos de la Sociedad de Fomento para mejorar la alimentación de los chicos, para formar una cooperativa de trabajo; la organización de la fiesta de la familia, con comida gratis para todos y un conjunto de chamamé para amenizar y bailar en la calle cortada.
Por la noche todo es silencio, sòlo María y los murales de Yunior y Michael.


